«Está todo bien, pero no me siento bien» – El caso de Juli

Juli es una paciente de 32 años. Tiene trabajo, vive sola y está en pareja hace 2 años. Se lleva bien con su familia y mantiene un grupo de amigas de hace un tiempo.
Durante la semana tiene una rutina bastante variada: trabajo, actividad física y una vida social que no espera al sábado o domingo: siempre sale algún after con “las chicas” o un café con la hermana. Los fines de semana también suelen venir bien. Si descansa, descansa; si tiene ganas, sale a pasear con su perro, toma un poco de contacto con la naturaleza, baja un cambio.

Juli llega a consulta y dice “en si, mi vida es ideal, no tengo ningún problema grave”. Dice que sabe que quiere estar ahí, que “necesito la terapia”, pero que no sabe exactamente para qué ni cómo empezar. Y allá fuimos…

Culpa, permiso a preguntarse, derecho a cambiar

En una de las primeras sesiones dice:
“Siento que está todo bien, pero no termino de sentirme contenta. No termino de sentir que ese “bien” sea honesto porque algo me falta. Y cuando pienso qué me falta, no es viajar más, ni ganar más plata, ni mudarme a un departamento más grande. O sea, me encanta viajar, pero no viene por ahí. Sé que aunque empiece a viajar más, igual me voy a sentir así … Pero tampoco sé qué es”.
Y agrega algo más:
“También me siento culpable por hacerme estas preguntas. Tengo amigas que están con miles de bardos más, y yo me siento medio boluda hablando de esto”.

Uno de los temas que empezamos a trabajar con J fue justamente la posibilidad de abrir el espacio a la pregunta, darse permiso para pensar, conectar con el deseo, con la duda.

«Siento que está todo bien, pero no termino de sentirme contenta».

¿Realmente tengo derecho a preguntarme por mis sueños, mis proyectos, si quiero crecer, cuando a mi alrededor hay gente preocupada por otras cosas?
La respuesta a la que llegamos – después de mucho trabajo, y que todavía seguimos revisando para no caer en la trampa de que lo aprendimos para “siempre” – es: sí, absolutamente sí.
Hay lugar para preguntarse por los propios deseos y proyectos, y TAMBIÉN hay lugar, tiempo y espacio para preocuparse por otros, mirar a los otros, acompañarlos. Las dos cosas pueden convivir.

Otro punto importante que apareció en el trabajo con J fue que sus decisiones, en gran medida, sí fueron elegidas, pero que pudieron haber cambiado.
Juli dice “nadie me obligó a esto, yo lo elegí, yo hice mi camino”. Muchas personas llegan a terapia porque viven vidas con las que no son felices, y cuando miramos hacia atrás descubrimos que muchas de esas decisiones estuvieron atravesadas por la necesidad del reconocimiento, del “aplauso”, de cumplir con lo esperado.

En el caso de Juli no fue así. Sus decisiones fueron genuinas, fueron «suyas». Lo que pasó fue otra cosa: ella cambió con el tiempo. Y cuando una cambia, a veces lo que antes alcanzaba, ya no alcanza de la misma manera. Ya no se siente igual, y no necesariamente lo estamos pasando “muy mal”, “ni explota todo”, ni es “insufrible”. No siempre llega con aires de drama, ni de corte tajante. A veces, es desánimo, es eso que “falta” y no termina de llenar.

En algún momento del proceso J también pudo mirar su trabajo con más honestidad. Y descubrió algo interesante: estaba contenta con lo que hacía, pero hacía tiempo que había dejado de preguntarse si quería algo más ahí. Y no, no se trataba de renunciar ni de salir a buscar algo completamente distinto.
La pregunta era otra: ¿qué más se puede construir dentro de lo que ya existe?

A veces, no necesitamos cambiar toda la estructura de nuestra vida.
A veces, lo que necesitamos es volver a a esa estructura y conectar de otra manera. Buscar un nuevo rol, un nuevo desafío, un forma distinta de hacer, una forma nueva de crecer donde ya estamos.

Además, con Juli también trabajamos una idea muy valiosa: abrirse a nuevas preguntas no significa ser desagradecidos con el presente.
No significa que lo que tenemos esté mal ni que lo logrado no tenga valor. Significa, simplemente, que seguimos cambiando y que queremos “redoblar la apuesta”.
Acepar que a veces estamos bien con “está todo bien”, pero que incluso cuando eso pasa, aparece la necesidad de algo más. Y eso también “está bien”.

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