Tomar la decisión de migrar implica abrazar una doble vida emocional. Decimos doble por simplificar… por no decir infinitas emociones del acá y del allá.
Por un lado, está el entusiasmo del futuro: las ganas de concretar proyectos, de conocernos a nosotras mismas en otros lugares y en otros roles, de desarrollar nuevas habilidades. Hay un horizonte que, aunque implica la salida de la famosa zona de confort, también resulta prometedor y atractivo.
Pero al mismo tiempo, quedamos atadas a lo que dejamos: los lugares de siempre, las rutinas de todos los días, los amigos de toda la vida.

Aprender a manejar esta doble vida es un desafío. Muchas personas asumen que si nos fuimos, no deberíamos extrañar; que si estamos felices allá, no podemos sentir nostalgia por lo de acá. Sin embargo, la experiencia migratoria no es lineal ni lógica, es emocional. Nos mantenemos firmes en la decisión de irnos, pero también extrañamos y dudamos. ¿Estaré haciendo bien? Muchas veces está pregunta es silenciada en las conversaciones con “quienes se quedan” porque sus respuestas nos exigen una seguridad que ni siquiera nosotras tenemos.
Porque sí, lo nuevo nos deslumbra pero a la vez, extrañamos lo cotidiano.
Incluso extrañamos eso de lo que tanto nos quejamos. ¿Por qué tenemos que elegir: porque no puedo querer ahorrar dinero o crecer profesionalmente, pero también necesitar un abrazo o una charla cara a cara?
¿Porque tenemos que “atajar” esas emociones, como si el solo hecho de tomar la decisión de irnos fuera suficiente para tener que “bancartela” y sirviera para anular “toooodo lo otro” que estoy sintiendo? Que no es poco, no es suave sino al revés: alcanza como para hacer un diccionario de emociones y desajustar cualquier análisis clínico que mida cómo estoy de cortisol en sangre.
Entonces, en más de una conversación, me tengo que poner en modo “arquera” y empezar a frenar todas esas preguntas insidiosas, aunque a veces bien intencionadas, sobre el tan temido “tópico”: ¿y cómo te las vas a arreglar? Porque a nadie le convence que tengas un “medio plan”. “Medio plan” que se divide en un 25% de decisión tomada (no es poca cosa), un 15% de seguridad dada por la fecha del pasaje y un 10% restantes que se agrupa en la categoría de “tengos amigos que me esperan y me hacen el aguante los primeros días hasta que consiga habitación”. No hay más plan, el resto lo iré surgiendo en el camino. O mejor dicho, atajando para seguir entrenando estas habilidades.
¿Por qué tengo que «adecuarme» al otro, a alguien que espera seguridad cuando yo estoy llena de dudas, alguien que espera que me muestre imperturbable, impoluta cuando por dentro estoy con la adrenalina a flor de piel y sintiendo un miedo en dosis que no me caben en el cuerpo?
La emoción, la felicidad, la curiosidad, el descubrimiento y la valentía se entremezclan con la culpa, la frustración, la inseguridad y la necesidad de complacer. Queremos agradar, evitar conflictos, que nadie se enoje si no estamos en el cumpleaños de un sobrino o en el casamiento de una prima.
Migrar y vivir entre dos mundos no es simple, pero también puede ser una oportunidad: la de reconocernos en nuestras contradicciones y la de hacerlas valer. Cada una me enseña qué quiero y qué necesito.
Y entonces, te pregunto…
- ¿Qué emociones tenés que contener o atajar?
- ¿Qué es lo que más te cuesta equilibrar entre tu vida “de allá” y “de acá”?
- ¿En qué momentos sentís con más fuerza esa doble pertenencia? Y más allá de los momentos, ¿hay olores, sabores, sonidos que te recuerdan esa doble pertenencia?
- ¿Qué estrategias o ideas te ayudan a transitar la nostalgia y la angustia de “no estar” sin que opaque tus ganas de vivir en tu nuevo destino?
Este texto forma parte de MIGR-ANTES, una cápsula de VOCATIVO: un espacio para pensar y sentir la migración, y sostener lo que esta experiencia transforma.








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