Hace un tiempo leí un “tuit” (si, fue hace un tiempo) que decía “A terapia no va quien tiene problemas. Problemas tiene todo el mundo: a terapia va quien quiere solucionarlos”.
Y me quedé pensando y esta idea me gustó mucho porque lo cierto es que permitirnos la posibilidad de ir a terapia es permitirnos buscar herramientas para solucionar nuestros problemas. Y no digo que la terapia sea el único camino, claro que otros. Pero si creo que aún es muy cuestionado o “rodeado” (damos vueltas y vueltas antes de mandar ese mensaje preguntando por cómo son las sesiones).
Entiendo que durante mucho tiempo se asoció la terapia con fragilidad, incompetencia y con locura. Decir que ibas al psicólogo (si te animabas a contarlo) era apretar un botón en la cabeza de tu interlocutor para que automáticamente pensara “uy, está loco”.
También entiendo que hoy nos encontramos con otra forma de pensar la terapia, pero eso depende mucho de la gente que te rodea, de la edad, del género y otras cosas más. Por eso hoy quiero traerte algunas de las ideas y miedos que más escucho: a veces me llegan por amigos o familiares, a veces en el «sincericidio» de un paciente ya conocido o de quien llega por primera vez a terapia. Estas son algunas de las ideas y mitos sobre iniciar terapia.
“No va a entender lo que me pasa”
Entre las características básicas que debe tener un terapeuta para una buena relación con sus pacientes figuran la empatía, la aceptación, la autenticidad y una escucha activa. Eso es lo que desplegamos para buscar comprender al otro.
Para entender y acompañar no se necesita estar en la misma situación que el paciente, como tampoco esperamos que a un médico le duela la rodilla para que nos ayude a aliviar el dolor.
Los psicólogos y psicólogas, además de prepararnos, estudiar teorías y aplicar técnicas, tenemos un interés genuino por las personas y su bienestar, y sobre todo creemos que se puede cambiar y estar mejor.
Además escuchamos muchas historias, hablamos con mucha gente con distintas situaciones y esto también nos ayuda a conocer otras realidades y experiencias, a ser más flexibles y a adaptarnos a lo que cada paciente necesita.
Hay una formación teórica, prácticas en distintas habilidades de escucha y relación, que nos permiten aprenden a desarrollar un “ojo clínico” para poder mirar más allá de eso que se dice o trae a consulta: el porqué de lo que hacemos las personas, porqué nos comportamos como nos comportamos.
También es importante que sepas que la relación terapéutica es justamente eso: una relación. Nos vamos a conocer y entender con el tiempo, con el desarrollo gradual de confianza, de posibilidades de compartir, de abrirnos a nuestra vulnerabilidad con un otro. Este ir acercándonos es lo que permitirá que, con el tiempo y nuestro trabajo, nos entendamos mejor.
“No es tan grave lo que tengo”
Tampoco necesitas sentirte terriblemente mal para hacer una consulta o iniciar una terapia. No se trata de “no estar grave”, sino de estar mejor. ¿Por qué esperar al incendio si podemos empezar a apagarlo antes? ¿Por qué no ser proactivos en lugar de reactivos? Se trata de poder hacer algo por nosotros mismos, de buscar comprender lo que nos pasa para vivir como queremos vivir.
A veces se trata de estar mejor reflexionar sobre uno mismo, de preguntarse cosas, de escucharse, de entender porque siempre “caemos” en la misma situación, entre otras cosas.
“Me incomoda ventilar mis problemas con un desconocido”
Si, a mi también me incomodó la primera vez que fui a terapia.
Aún así a veces puede ser más simple charlar con un “NN” que con un conocido, con quien uno se enreda dando explicaciones, justificando motivos y maquillando un poco la verdad para “no quedar mal”.
Esto mismo que hoy te parece sin sentido, puede ser la condición de posibilidad para te decidas a hablar, mirar, compartir aquello que te da vergüenza, duda o te hace sentir vulnerable.
“Hablo y hablo y no me dice nada”
Las intervenciones de los terapeutas tienen que ver con la corriente o perspectiva que siguen y usan: hay terapias en donde se interviene más y en otras menos. Por eso, suele hacerse una pre- entrevista en donde ambas partes se conocen, plantean expectativas y búsquedas, así como modos de trabajo, y deciden si son adecuados para trabajar juntos, o no.
Por otro lado, también el silencio o las preguntas que se plantean en un espacio de terapia son herramientas de trabajo: tiene un objetivo y buscan generar algo. Que un paciente necesite interrumpir el silencio por incomodidad es también un indicador de algo. Por eso, también se trata de confiar en el profesional que te acompaña y entender que a veces, ciertas cosas pasan “y se hace que pasen” por un motivo.
Por supuesto esto no anula el hecho de que el estilo del terapueta te puede gustar o resultar más o menos cómodo. En este sentido, hay que recordar un punto clave que ya mencioné: la relación terapéutica es una relación y no nos entendemos con todas las personas de la misma manera. Por eso, si no te sentís cómodo, podrás buscar a alguien que te ofrezca las condiciones de trabajo que precisas.
“Conozco a alguien que va hace años y no le sirve para nada …”
Evaluar una terapia sin conocer qué sucede en las sesiones es muy precipitado. Hay ocasiones en donde eso que parece un pequeño avance para el resto de las personas, fue un gran paso para otras, con horas de angustia y sufrimiento.
Además no todas las experiencias son las mismas, así como tampoco los profesionales. Intervienen muchos factores en juego. Lograr un cambio en la conducta no tiene que ver únicamente “con ir a terapia”: depende de múltiples factores.
Por eso, la decisión de empezar terapia tiene que basarse en el convencimiento propio, en apostar por el cambio y por estar mejor.
Entonces, si algo de esto te resonó, si crees que algo de esto puede estar trabando tu posibilidad de mirarte junto a alguien, de pensarte con otras herramientas, espero que te sirva como un pasito más para “abandonar” ese rodeo.
Si queres activar la conversación, te leo en redes sobre tu experiencia.









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