Migrar y quedarse sin palabras: el duelo por el lenguaje

Cuando migramos perdemos y ganamos muchas cosas: ganamos la posibilidad de empezar en un lugar nuevo, tomar otros caminos, conocer y explorar partes de nosotras mismas que no conocemos, abrirnos a una nueva cultura, nuevas experiencias, conocer amigos, ejercitar nuestra independencia y autonomía, desde otros lugares que quizás antes no habíamos experimentado.

Sin embargo, también sabemos que migrar es enfrentarse a distintas pérdidas: el famoso duelo migratorio. Y uno de los duelos de los que quizás menos se habla es el del lenguaje.

Comparado con todos los otros malabarismos que hay que resolver, para muchas personas es una pérdida menor, aunque también implique un enorme desgaste emocional y físico para muchos.

Sin embargo, para otros no es una “pérdida más”. Esto es así: el duelo migratorio no tiene un solo camino. Ese camino tampoco es constante. A veces se activan algunas pérdidas y se roban el protagonismo emocional, y a veces se apagan y cobran importancia otras. Migrar muchas veces puede sentirse como que se abren “frentes de batalla” todo el tiempo.

Tranquilo, tranquila. De la supervivencia a la adaptación, hay un pasaje que no es inmediato. Con el tiempo y el aprendizaje, con algunas cosas ya empezarás a sentirte mejor y otras puede que aceptes que no terminarás de resolverlas o entenderlas nunca.

Entonces perder el lenguaje también implica perder una parte de nosotras mismas

Para muchos migrar significa perder una parte de sí mismos que está conectada al lenguaje. Somos seres verbales: nos construimos en torno a aquello que decimos, y eso que decimos está conectado a lo que pensamos también.

Parte de nuestra personalidad, de nuestros enojos, de nuestras emociones, las hemos aprendido a construir y a expresar en torno a palabras, a expresiones coloquiales, a frases que en nuestra cultura suenan de una forma y en otra sociedad no encuentran correlato.

Entonces, ya no se trata solo de “no saber hablar”: es no poder ser del todo.

Muchas personas incluso no terminan de sentirse parte de esa cultura o sociedad a la que se integran por esta distancia y enorme brecha que abre el lenguaje. Incluso personas que logran insertarse y mantener cierta fluidez, muchas veces deciden dejar ciertos planes de lado por el tremendo esfuerzo que les implica comunicarse y sostener una conversación en ese idioma.

Hay hasta síntomas físicos: “me explota la cabeza”, “siento muchísima presión en la cabeza”, porque claro, todo ese esfuerzo lo estamos haciendo con una parte de nuestra mente.

¿Te pasó de quedarte sin un chiste justo en el momento?

¿Te pasó de hacer un chiste y que no se entienda? O peor aún, querer hacer un chiste y tratar de pensar en tu cabeza cómo sonaría o cómo explicarlo y al final no poder hacerlo porque ya pasó el momento.

¿Te pasó de querer decir algo importante y sentir que no llega igual?

¿Te pasó que intentas hablar con un amigo o una amiga y darle un consejo, pero ese consejo no llega con la potencia o con la emoción con la que sí hubiese llegado en otro contexto? Porque te quedaste corto o corta de palabras, porque no encontraste esa palabra que tiene una determinada cadencia en tu idioma de origen.

¿Y entonces qué hacemos con ese vacío de palabras?

¿Qué podemos hacer?

En primer lugar, más allá de ejercitar el lenguaje de origen, de practicarlo, de exponerse a la vergüenza, de confundirse y de saber que no somos «gramaticalmente correctos» en muchísimas ocasiones, podemos tratar de vincularnos con este nuevo idioma o lenguaje de otra manera.

Es decir, tratar también de vincularte con el lenguaje de un modo más afectivo: viendo películas, escuchando música, es decir, tratando de explorar la otra realidad del lenguaje, ese uso más común, más coloquial y menos académico. Ir más allá de esa realidad instrumental u operativa que te permite hacer las compras día a día o tomarte un taxi, indicando correctamente el destino.

Quizás puede servir conectar y recuperar la emocionalidad que todo lenguaje puede transmitir. Por ejemplo, tratando de conocer algunas expresiones o frases típicas, palabras que solo existen en ese lenguaje y que también buscan condensar cierta emoción.

Al final, el duelo migratorio no se trata solo de aprender otro idioma, sino de convivir con la sensación de que una parte de lo que éramos ya no entra, no suena, no existe del mismo modo en el mundo donde estamos. Y si podemos tomarlo como una aventura, podemos aceptar vivir algo de lo exploratorio y lúdico, de a poco podemos inventar nuevas formas de decirnos, incluso cuando no encontremos la palabra exacta.

¿Algo de esto te resuena? ¿En qué momento sentiste que el idioma te estaba dejando afuera de vos mismo/a? Podemos seguir conversando en redes.

Categories:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *